Cómo mejorar la calidad de vida personal y familiar

El mejoramiento de la calidad de vida requiere conocer su naturaleza y los factores socioeconómicos que la configuran, así como los hechos, causas y efectos que inciden en su nivel.

El ser humano tiene por naturaleza una serie de necesidades que busca satisfacer en todo momento, jerarquizadas por A. Maslow (2012) en cinco categorías –gráfico adjunto–, cada una de ellas subordinada a la satisfacción de la anterior. En general estas necesidades se pueden enmarcar en tres dimensiones. Una dimensión física que abarca las necesidades de subsistencia como alimento, vestuario, vivienda, descanso y entretenimiento, y necesidades de seguridad como protección, salud, educación, trabajo y, estabilidad laboral y económica. Una dimensión social que incluye la necesidad de afecto, aceptación y pertenencia a grupos sociales que lo reafirmen como persona. Y una dimensión psicológica que enmarca la necesidad de atención, respeto, estatus y el logro por sí mismo de las expectativas de realización personal y profesional.

En virtud de lo anterior, la calidad de vida viene dada por el grado de bienestar físico, social y psicológico derivado de las condiciones en que vive una persona o comunidad, y está supeditada a la posibilidad de acceder al usufructo de bienes y servicios percibidos como necesarios en cantidad y calidad para la satisfacción de sus necesidades y expectativas de subsistencia, bienestar social y crecimiento personal.

La dimensión física de la calidad de vida es objetiva por cuanto comprenden variables reales que se pueden medir o cuantificar de manera individual o colectiva independientemente de juicios personales. La dimensión social y la dimensión psicológica por el contrario son subjetivas, debido a que están delimitadas por la percepción que el individuo tiene de su satisfacción por el grado de afecto o aceptación que recibe, o del reconocimiento que puede obtener de su entorno social. Esa percepción condicionada por el medio sociocultural en que ha sido formada la persona, es la que autodetermina el grado de bienestar psicológico.

En consecuencia, vale plantear que a iguales condiciones físicas o materiales del entorno, la percepción de calidad de vida difiere de una persona a otra de acuerdo con las expectativas del estilo de vida deseado, generalmente inculcado durante el proceso de formación de la persona. Así, por ejemplo, mientras que vivir en un vecindario con determinadas características, vestir determinadas marcas, poseer determinada gama de celular o vehículo, pertenecer a determinados grupos sociales, etc., puede ser muy satisfactorio para unas personas, para otras pueden resultar completamente insatisfactorias.

En una economía en la que el acceso a los bienes y servicios para la satisfacción de las diferentes necesidades del ser humano cuesta dinero, la calidad de vida está supeditada al nivel de ingresos de la persona y estos a su vez están condicionados por su nivel de formación ocupacional o profesional y a las fuentes de trabajo disponibles. Este condicionamiento, especialmente en países en vías de desarrollo, ha producido una ruptura social dramática que divide a la población en ricos y pobres en diferentes grados –estratos sociales– introduciendo significativas desigualdades económicas en la posibilidad de obtener esos bienes y servicios que puedan equiparar el nivel de calidad de vida individual y colectivo de los diferentes grupos sociales.

No obstante que el entorno socioeconómico reviste condiciones estructurales que atañen a los gobiernos modificar mediante la implementación de políticas de desarrollo económico y social —M. Córdoba, 2017—, toda persona tiene la posibilidad de manejar dos recursos propios que son determinantes para mejorar o lograr el nivel de calidad de vida deseado. Estos son el tiempo y los ingresos laborales de que se dispone.

En ese propósito, la persona se enfrenta a factores socioculturales que la limitan significativamente. Uno, es la carencia de educación formal dentro del proceso de formación de la persona para el manejo eficiente de estos dos recursos que haga posible su uso óptimo. Dos, el deseo de gratificación inmediata derivada del gusto por el uso de bienes y servicios más allá de satisfacer una necesidad básica real, como por ejemplo pagar dos y más veces el valor de un almuerzo o adquirir un vehículo de alta gama buscando satisfacer la necesidad de estatus más que la necesidad de alimento o de transporte, muchas veces recurriendo al endeudamiento y probablemente sacrificando otras necesidades reales como puede ser la formación o actualización profesional que proporcionaría mejores opciones de ingresos, o el ahorro y capitalización de los excedentes de dinero para lograr estabilidad económica. Y tres, las compras emocionales que llevan a adquirir bienes inútiles o suntuarios o de servicios que nunca se utilizan cayendo en el consumismo inducido por estrategias publicitarias que inducen a compras que generalmente no están dentro del presupuesto de gastos.

Conclusión: Se puede mejorar paulatinamente la calidad de vida personal y familiar mediante la optimización del uso productivo del tiempo, el manejo inteligente de los ingresos devengados, el aplazamiento de gratificaciones derivadas de las necesidades sociales de estatus y accediendo al usufructo de todos aquellos bienes y servicios deseados más allá de la necesidad real sin incurrir en el endeudamiento por cuanto este disminuye el ingreso real disponible por efecto de los intereses que se pagan sobre la deuda.

Etiquetado con:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*